A priori podemos creer que aquello que sentimos es la consecuencia directa de los acontecimientos o circunstancias que se van produciendo a lo largo de nuestra vida. Sin embargo a mitad de camino entre el acontecimiento en sí y el sentimiento se encuentra lo que piensas. Y es precisamente este pensamiento el que va a marcar la intensidad de nuestra sensación.

Es normal que si te despiden de tu trabajo de forma inesperada, de repente te vengan un cúmulo de sensaciones en su mayor parte negativas. A nadie le gusta pasar por una situación así. Es probable que sientes frustración por una situación que escapa a tu control, enfado con tus jefes o compañeros, o incluso miedo por no saber qué te va a deparar el futuro.

Sentir todo esto es normal e incluso adaptativo hasta cierto punto. Sin embargo en ocasiones comenzamos a “echar más leña al fuego” a través del pensamiento, lo cual incide de manera directa en aquello que sentimos, aportándole una valencia todavía más negativa.

“Es que nada me sale bien” “Yo sabía que esto iba a ocurrir” “No voy a volver a encontrar trabajo”. “Sabía que no estaba a la altura de este puesto”.

¿Cómo crees que se va a sentir una persona que tras ser despedida comienza a pensar de esta forma? Lógicamente va a sentirse peor que si no hubiera tenido este tipo de pensamientos.

Sin embargo estos pensamientos surgen de manera casi espontánea y si la persona que los produce no está atenta al momento en que comienzan a aparecer, creerá que todo su malestar proviene de la situación negativa que acaba de vivir (el despido), cuando realmente son sus pensamientos los que han cargado de negatividad sus sensaciones.

Recuerda: No es el hecho en sí, sino la interpretación (pensamiento) que cada persona hace sobre el hecho lo que va a incidir sobre las emociones o sentimientos.

 

Tus pensamientos crean tu realidad

Tus pensamientos crean tu realidad. Sí, has leído bien, TU REALIDAD. Eso no quiere decir que tus pensamientos sean LA REALIDAD.

Para ilustrar esta afirmación se han realizado numerosos experimentos en los que cuando se le pedía a alguien imaginar un determinado objeto, se activaban en el cerebro las mismas áreas que cuando tenían ese objeto delante y lo miraban.

Esto implica que para tu cerebro no hay diferencia entre ver un objeto o imaginarlo, o más concretamente en el caso que estamos tratando, no hay diferencia entre que una determinada circunstancia sea real “no volveré a encontrar trabajo” o sea imaginada.

La forma en la que piensas sobre tu persona configura y crea tu propia realidad. Por tanto si piensas de forma limitada acerca de tus capacidades, ese pensamiento limitará tu verdadero potencial. Y es posible que dicho pensamiento acabe convirtiéndose en una profecía autocumplida que finalmente acaba confirmándose.

De igual forma que unos pensamientos limitantes pueden impedir que se ejecute todo tu potencial, unos pensamientos optimistas también te pueden generar la motivación y fuerza necesaria para acometer determinados proyectos y objetivos. Cuando generas perspectivas optimistas, aumentan las probabilidades de que se produzcan mejores resultados.

Hasta ahora hemos dicho que tus pensamientos influyen en cómo te sientes, pero de igual forma, la manera en la que te sientes también va a influir sobre tus propios pensamientos. Por esa razón a menudo es complicado romper un patrón de pensamientos y emociones negativas.

Cuando alguien está inmerso en una espiral negativa de ese tipo es como si llevara puestas unas “gafas de la negatividad” que le hacen percibir toda su realidad bajo ese prisma

negativo. Se siente mal pero además todos sus pensamientos realimentan y potencian ese malestar.

 

Cómo aumentar la conciencia sobre tus propios pensamientos

Existen diferentes técnicas que pueden ayudarte a no dejarte llevar por el cúmulo de pensamientos que se producen tras un determinado hecho.

 

Observación del flujo del pensamiento

Una de las técnicas más conocidas es la “observación del flujo del pensamiento”. Se trata de una técnica meditativa que nos permite aumentar nuestra conciencia y atención sobre nuestros propios pensamientos, sin dejarnos llevar por ellos, es decir, sin dejar que nos influyan ni dejando que nos generen una respuesta emocional en nosotros.

Esta técnica se puede realizar mediante la práctica formal y la informal.

 

Práctica formal

El práctica “formal” implica que buscaremos un momento y lugar determinado para llevar a cabo esta práctica durante un espacio de tiempo concreto. 20 minutos puede ser una duración adecuada para comenzar a familiarizarse con este ejercicio. Con la práctica se puede ir aumentando la duración de cada sesión.

La preparación es similar a la de cualquier otra práctica meditativa: buscaremos un espacio tranquilo en el que no seremos molestados ni interrumpidos. Cerraremos los ojos, realizaremos una serie de inspiraciones y expiraciones para focalizar la conciencia sobre nuestro cuerpo. Una vez notemos que la atención está focalizada en nuestra respiración, será el momento de trasladar el foco y ponerlo sobre nuestra mente, con el objetivo de captar todos los pensamientos que se suceden en ella.

El objetivo de esta práctica es aumentar nuestro grado de conciencia sobre los pensamientos pero sin dejarnos llevar por ellos. Debemos observarlos como nubes que pasan por delante nuestra y desaparecen pero sin relacionarnos con ellos.

Al principio puede ser complicado no dejarnos llevar por el flujo de pensamientos, sin embargo con la práctica cada vez será más sencillo establecer un espacio entre el pensamiento y la sensación.

 

Práctica informal

Una vez que ya se ha conseguido cierta destreza con la práctica formal, será el momento de pasar a la práctica informal. Aquí llevaremos la práctica a nuestro día a día, cualquier pensamiento que tengamos a lo largo de nuestro desempeño cotidiano, supondrá una oportunidad para observarlo pero sin dejarnos llevar por él.

Con el tiempo cada vez seremos más conscientes de nuestros propios pensamientos y estableceremos una distinción entre la mente “aquello que piensa” y el observador “aquello que siente y observa” que somos nosotros mismos. Si aprendemos a no relacionarnos ni identificarnos con la mente, aumentan las probabilidades de que los pensamientos no influyan sobre aquello que sentimos.

Es importante que a la hora de llevar a cabo los dos tipos de prácticas, tanto la formal como la informal, lo hagas desde una actitud compasiva en la que no te juzgues ni a ti mismo, ni a tus pensamientos ni a la propia práctica. Es común, sobre todo al principio, perder la paciencia con nosotros mismos ante la imposibilidad de “dejar la mente en blanco” y no poder paralizar el flujo de pensamientos.

El objetivo no es dejar la mente en blanco sino incrementar el grado de atención sobre nuestros propios pensamientos. La función de la mente es generar pensamientos y tu función como observador durante la práctica es prestarles atención pero sin dejarte llevar por ellos.

Es común que en el día a día se nos “olvide” llevar a cabo la práctica informal y acabemos sumergidos en una espiral de pensamientos continua. Esto es perfectamente normal, al fín y al cabo la gran mayoría de la población funciona y actúa de esta manera.

Aún así existen distintas aplicaciones que mediante una señal sonora (como puede ser un gong) actúan como un recordatorio en distintos momentos del día para que te detengas un momento, respires, seas consciente de tus pensamientos y tus sensaciones corporales, y a continuación continúes con lo que estabas haciendo en ese momento. 

 

Meditación guiada de escaneo corporal

Esta técnica también es muy útil para aumentar nuestra atención sobre aquellas sensaciones que se producen a lo largo de nuestro cuerpo.

Hasta ahora hemos dicho que los pensamientos generan sensaciones y emociones que tienen su reflejo en el cuerpo. Si aumentamos nuestro grado de conciencia sobre qué zonas o lugares “se activan” en nuestro cuerpo como consecuencia de haber tenido un determinado pensamiento, es muy probable que no sigamos “echando más leña al fuego” ni incrementando el patrón de pensamiento que acaba generando esas sensaciones.

Para llevar a cabo esta práctica, también será necesario encontrar un lugar cómodo en el que tumbarnos y comenzar a realizarla. Lo habitual es realizarla de forma guiada mediante un audio que nos irá guiando sobre cada una de las partes de nuestro cuerpo para aumentar nuestra conciencia sobre las diferentes sensaciones que allí se producen y sin hacer nada por aliviar dichas sensaciones ni tratar de evitarlas.

Lo habitual es que esta práctica tenga una duración cercana a los 60 minutos, aunque también existen versiones más reducidasd de 30 minutos.

Espero que este artículo te haya ayudado a que seas más consciente de la enorme relación que existe entre aquello que piensas y aquello que sientes. Comprender la relación que existe entre pensamientos y emociones es el primer paso para aprender a romper el patrón negativo y comenzar a introducir pensamientos positivos, o al menos más realistas, que comiencen a aliviar ese malestar y que además sean la semilla para que puedan producirse otro tipo de pensamientos más positivos.

 

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